cada vez que mi espalda te encuentra
se convierte en la fractura de mis labios y mi razón;
no sé de mí con todo aquello que sale de mis poros
cuando acampo en tu espacio.
Nuestros planetas colisionan,
me sumerjo en el humo de un cigarro
que sabe a miel y a desdicha,
contemplo las estrellas infinitas
de un cielo que no nos pertenece
y te escribo estas líneas sin sentido
que cruzan la frontera y trazan el límite.
Es el deseo mi enemigo y me espera
al interior de tus ojos,
o tal vez en la punta de tu lengua;
aguarda sigiloso para derribar uno a uno
los pudores que ensombrecen
la calma de tu abrazo y la ternura de tu beso.
Deambulo entre las sombras sin pensarte
pero sintiendo clavadas tus caricias en mi pecho
con el último resquicio de sanidad que me queda.
De pronto, tras el ruido sordo, llega el silencio.
Navego en el abismo de la propia locura
mientras solo se escucha el sonido del agua a lo lejos.
Tal vez algún pensamiento se me escapa
mientras miro a través de una ventana prestada,
ajena a todo lo que podría ser y ya no fue,
o quizás es tu sonrisa la que anida en mi pecho
y debo dejar salir
o son las heridas que queman por ser omitidas.
Pensamientos errantes de un pecado acallado,
sensaciones furtivas que guardo en el secreto
de tu voz que se burla de la mía cada vez que
la gravedad le gana a mi cuerpo y caigo en tu cuello
desnudo de prejuicios, libre de culpas.
La pequeña muerte sigue hablándole a mi cuerpo
mientras adivino otros que vienen a mi encuentro,
la nauscopia fracasa mientras renuncio a esta brisa
y permanece la fractura en la tempestad de mi razón;
tal vez no soy yo, tal vez yo soy otra,
una mujer rota que busca compasión
o quizás un espectro,
una sombra,
otro error.