A veces quisiera pedirle al viento que me deje volar hasta tu lado,
recostarme en tu pecho perdido entre la furia y la nostalgia,
sentir tu cuerpo revivir lentamente el mío con golpes de deseo.
Quisiera pedirle al aire que me lleve por mares y ocasos,
que me conduzca entre las luces de una ciudad vacía
y me abandone en las sábanas que aun conservan tu aroma al medio día
mientras recuerdo con dulzura caricias inmortales que queman
en mi piel y en mi memoria los rastros de otras manos y otros labios.
Engañarme a mí misma, perderme en la voracidad de una intención
que se calla en lo profundo de la oscuridad
en lo sublime de tu presencia
en lo imposible de tu tacto continuo
por temor o cobardía a enfrentar al sol e incendiarme en el intento.
El cielo me guía mientras cae la velocidad del pensamiento,
la intensidad de la química y el espasmo.
No existen reacciones para experimentar mas que el palpitar al unísono
de aquellos labios que se buscan incansables desde la eternidad,
que regalan tonos alegres y perversos temblores en la caída de la gravedad
y el instinto se asienta en tu espalda, en mis piernas, en la complicidad.
A veces quisiera pedirle al viento que me deje volar hasta tu lado
como si yo no habitara en ti desde que mi cuerpo tiene memoria,
como si tú no fueras la llave que contiene el secreto de mi piel
desde que me abriste a la vida,
desde que me viste nacer.



