jueves, 24 de agosto de 2017

Idea



De pronto todo cae en orden y la vida sonríe;
todo vuelve a la raíz pero yo sigo extrañando el calor de tu abrazo.


martes, 22 de agosto de 2017

Tu sabor.


A veces, la melancolía tiene distintos sabores
pero cada uno de ellos tiene un dejo a ti,
a esos ojos claros que cargan aquel enigma
que ya no insisto en descifrar desde las sombras de la razón;
porque decidí sentirte en la lejanía,
en el olvido, en este compás de espera.

Mi piel sigue unida a ti en un acto de resistencia:
eres el puñal que no puedo arrancarme en el exilio,
la herida abierta que sangro por gusto
porque padecerte es la única forma que tengo
para que sigas aquí conmigo,
en esta distancia que construiste en mi camino,

Estás en cada cielo, en cada nube,
en cada sol que aparece y en cada lluvia que me cubre;
porque elegí llevarte conmigo como signo infinito,
muestra eterna del renacer de los latidos
de un alma que agonizaba antes de tu llegada:
reconstruyes todo con tus pasos y tu andar sana
las heridas que antes cargaba como mi cruz.

Contemplo el cenit y respiro en una nueva calma,
en la compañía de esta soledad que lleva tu nombre
y que me recuerda el silencio del último abrazo,
el brote de tus ojos temiendo por el impulso de mis labios
mientras mis manos se ocultaban en tu pelo
y tu cuello guardaba aquél último beso.

A veces, la melancolía tiene distintos sabores,
sabor a sur que se impregna en mi ropa y en mi memoria,
sabor a humo y a hierba que se torna el aire que respiro,
sabor a noches en mi balcón y en tus sábanas,
sabor que en la distancia busca alguna brújula que me conduzca
lejos de tantas dudas y más cerca de tu corazón.



Lago Calafquén, Licanray. Julio de 2017.

domingo, 20 de agosto de 2017

Ya no te espero.


Mis labios tienen un nuevo sabor pero mi alma sigue impregnada de tu ambivalencia, esa que daña cada célula en mi cuerpo adolorido como si tus fallas de carácter fueran una dolencia terminal o tus silencios sangraran mis oídos y me impidiesen volver a sentirte como antes. Siento el viento soplar suavemente en mi rostro, pero tu recuerdo me impide soltar las riendas y aceptar un calor menos espectral, como si cargarte se transformara en la cruz que tanto odio, o tal vez odio cargarte como la cruz que eres. Ya no te busco porque quiero perderte, quemarte vivo en el destierro al que me lanzaste, porque hoy soy una exiliada de mí misma y tú te tornas un simple turista que paseó por mi geografía y sólo pudo conservar una fotografía borrosa, efímera, lejana de lo que era el fuego. Respiro un poco porque ya no te espero, porque fuiste un paseante más que no deja rastros ni huella por lo liviano de tu andar y lo errante de tu sentir; mientras yo sigo aquí, enterrada en un recuerdo muerto que ya no tiene cabida y que me canso de despedir, porque mis labios tienen un nuevo sabor y aún así la vida sigue teniendo sabor a ti.


jueves, 17 de agosto de 2017

Los abrazos.



Cerca de mi lugar de trabajo hay una tienda donde suelo ir a comprar mis artículos de primera necesidad (todos vicios conocidos como el chicle y el chocolate). Hoy fui a buscar algo para comer, como acostumbro hacer los días jueves, opté por un completo porque el hambre lo ameritaba. Cuando me acerco al mesón, observo que la chica tenía los ojos vidriosos y la punta de la nariz roja. Me apresuré a preguntarle si todo estaba bien, si le pasaba algo, a lo que ella me responde un sentido "extraño a mi familia" con voz tímida y quebrada. La chica es venezolana, por lo que asumo que el sentimiento de añoranza es mucho más profundo de lo que puedo imaginarme. La reacción fue instintiva (como casi todas mis acciones en realidad): crucé del otro lado del mesón y la abracé firme. Sentí pronto cómo sus lágrimas mojaban el hombro de mi blusa y cómo el abrazo se volvía cada segundo más apretado, más humano. Fue un abrazo largo y cómplice, como si no fuésemos completas extrañas que se ven cada jueves e intercambian saludos cordiales. Antes de separarnos me dijo "necesitaba mucho este abrazo". Me sirvió el completo, conversamos brevemente de cómo los sirven en Venezuela y me retiré del local. Ahora, estoy sentada afuera, bebo el té helado que compré antes de volver a clases y pienso en esa sensación cálida de aquel abrazo.

Todos extrañamos a alguien en nuestras vidas, todos nos dejamos mover por esa nostalgia de quienes están lejos, todos tenemos días en los que necesitamos con urgencia un abrazo para sentirnos menos solos en nuestra realidad. Y así como todos necesitamos algo de humanidad, también olvidamos fácilmente lo simple que es demostrar empatía y entregar calidez a quienes nos rodean. Se siente como aquello que escribía Galeano en "El hambre / 2": "El sistema, que no da de comer, tampoco da de amar: a muchos los condena al hambre de pan y a muchos más condena al hambre de abrazos". Yo me quedo con el corazón un poco más lleno hoy, porque yo también necesitaba ese abrazo para sentir que estamos aquí por algún motivo y que, sin importar lo que ocurra, me niego a sentir ese tipo de hambre una vez más.


miércoles, 16 de agosto de 2017

Saudade.



He escrito, tachado y vuelto a armar las mismas palabras en distinto orden mil veces, lo he intentado como si escribir el amor ayudara a diseminarlo en el viento, o como si fuese un simple acto de resistencia frente a la intensidad de mis formas. He escrito en la distancia, en la ausencia, en el llanto; en noches eternas desde el mismo balcón, mirando el mismo sur de siempre y la misma cordillera perdida entre los edificios que crecen aquí, como la nostalgia que me colma. Escribo por necesidad, por este impulso vital que te fragmenta en la memoria así como fragmentó en su momento otros recuerdos, otros momentos, otros sentires; escribo porque quise hacerlo en simple, decir que he vuelto a leerme y a habitar en aquellos lugares donde la ternura venció al deseo y el deseo venció a la razón. Te escribo hoy porque no somos dueños del mañana, porque no somos dueños de nada más que el ahora y de este abismo que crece entre los dos y que llevo pegado a mi piel, espacio que recuerdo en cada esquina que lleva tu nombre. Te pienso aquí, sentada en el rincón de siempre, escribiendo desde el mismo sitio que insiste en conservar este sabor, mezcla de amargo y alegre, que habita en este cuarto pequeño que se ha convertido en mi eterno refugio cada vez que escribo líneas sin sentido, líneas como estas, para buscar el último adorno de esta melancolía que lleva tu nombre.



martes, 15 de agosto de 2017

Rabia.



La rabia vuelve a enraizar lentamente y me vuelca
en palabras impulsadas por la ira momentánea,
cólera que no quiere salir al sentirme incomprendida,
                                                            desleída,
olvidada en plenitud y contemplada sólo en la superficie,
porque me siento como una extraña para quienes cargo en el alma
y mi transparencia se torna taciturna entre palabras erradas.

Te siento como una espina, clavado dolorosamente
cuando caigo en la realidad de tu inconsistencia
                                                      inconsciencia dura
por el error de pensarme desde ti y no desde mi esencia,
porque saltaste lo vital y te quedaste en lo ideal,
en la imagen material del concepto por el concepto,
en lo que creíste ver en mí sin saber sentirme ni vivirme.

Entierro entonces el humo en mi garganta
para asfixiar la rabia del no decir la decepción que crece en mí,
                     la tristeza del árbol caído por tu ceguera temporal,
por la incertidumbre en la que me abismas por esta culpa
de fallar cuando no puedo cargar más sobre mis hombros.

Entierro el humo para ahogar la rabia que vuelve a enraizar,
que se queda en mí ocupando el espacio que antes habitabas,
cuando tus alas se abren y las mías se queman en esta encrucijada,
                                                                          entre tu espada y mi pared,
entre tu silencio espectral y mis gritos de furia ciega,
estos que lanzo al aire para que perforen tus oídos a ver si así,
por última vez, puedes volver a verme desnuda de tanta máscara,
herida una vez más por el vaivén del porvenir.


domingo, 13 de agosto de 2017

Adios.



Mis pensamientos están contigo, allá lejos donde no puedo tocarte y, aún así, te siento más inaprensible, más inalcanzable que nunca. La distancia venció, noqueó cada intención de permanecer a tu lado, de cuidar tus sueños y sanar tus dolores; la distancia venció porque tú te convertiste en herida y el hilo terminó por romperse, te convertiste en un fantasma, en un extraño entre la multitud a quien no reconozco ni en figura ni en alma, un espectro de lo que fue, recordatorio doliente que alguna vez hubo alguien que se ha esfumado entre quimeras. Te enredas en mi memorias y creces ahí, dentro mío, pero llegó el tiempo del barbecho y del olvido, tiempo de caminar en direcciones opuestas, porque soy este y tú oeste, porque cambiaré de latitud para no cruzar más por tu camino. Las raíces se secan lentamente y contemplo las ruinas antes de la partida, las extraño ahora para no pensarte mañana y permanezco un rato más despierta para cargarte un último instante, para despedirte en esta soledad que ahora me acompaña, porque mis manos se abrigarán solas y las tuyas encontrarán manos semejantes que puedan cuidarlas cuando los miedos queden guardados y el porvenir nos bendiga con la desmemoria. Danzo contigo y navego en días postreros, días donde tu palabra era mi luz y tu calor mi refugio; danzo contigo para soltarte y perderme en la vuelta, desatada de la cuerda y movida por la inercia que vuelve inevitable este adiós.


lunes, 7 de agosto de 2017

Huellas y el mar.



He vuelto a sentir esa nostalgia crónica por el mar que suele embargarme tan a menudo. Es curioso ese poder magnético que tiene, como si con cada vaivén pudiese resignificarse a sí mismo, porque muchas de las cosas que he aprendido y decidido en la vida han sido mirando al mar a los ojos, en el centro del ciclón o en lo infinito de su horizonte. Soy una soñadora empedernida, romántica irremediable si prefieren, pero por eso mismo siento que el mar es mi verdadero elemento, como si tanta tierra que me rodea solo pudiese adquirir sentido en su plenitud, como si fuese mi verdadero y único amor en la realidad. Volví a pensarlo anoche (con el cariño de siempre) y volvió a adquirir significado en sí mismo, porque el mar es como esas personas que entran a tu vida y lo desordenan todo: los granos de arena y lo que se esconde bajo ella, los seres que lo habitan, las rocas de su base y la espuma en la superficie. Y divagando me puse a pensar en todas aquellas personas que han pasado por mi vida y que, por diversas razones, ya no están conmigo (o no están en la forma en que solían hacerlo), en aquellos con quienes habité espacios definitivos y que ahora habitan en otras latitudes de este cosmos que es la vida. La nostalgia es contagiosa y se desplaza desde el mar hacia todos aquellos a quienes ya no puedo abrazar; pero el mar es sabio, siempre responde con ciencia y dulzura y trae con el oleaje un alivio para la melancolía y un poco de paz para el alma; porque una vez que uno deja entrar a otra persona a tu vida siempre va a dejar una huella, aunque esa huella se la lleve el mar y no podamos verla más (lo que no significa que alguna vez no estuvo allí). Así que me siento a fumar un cigarro y veo cómo el humo juega con ayuda del viento y mi aliento, respiro profundo y me siento feliz, porque guardo cada huella y a cada una de esas personas cerca mío, en mi corazón.




"Las mareas, que encuentren tu camino
para que, al fin aquí, vivas dentro de todo lo que queda"

sábado, 5 de agosto de 2017

Sobre el amor.



Por estos días pienso que el amor es un tópico, algo que nos hace interesantes de algún modo para los otros y para nosotros mismos; como si el amor fuera el único tema que todos podemos hablar con otra persona porque es el único punto de encuentro que existe con los otros. El amor aparece en cada esquina de nuestras vidas: aparece en canciones, en rutinas de humor y de no tan humor, en conversaciones con amigos y con extraños. El amor es un fenómeno discursivo, una construcción que necesitamos para sentirnos en contacto con el mundo, una quimera para no sentirnos tan solos en nuestra propia existencia, la ilusión de que existe alguien al final del hilo con quien podemos abismarnos en el sinsentido de las rutinas diarias. Para mí es casi adictivo, parte de la rutina para matar los segundos libres que me quedan, un acto de resistencia, una verdadera revolución; porque para enamorarse en estos días se necesita una valentía absoluta para enfrentar los cuestionamientos y los miedos propios y ajenos. El amor es un punto de encuentro en los discursos de los otros, como si fuese una historia común sin importar los credos, los dogmas o la historia personal de cada persona que ha sentido su pecho inflado y reventado. Pero así como enamorarse es parte de nuestras propias utopías también lo es el olvido. Nunca se ama completamente y tampoco se olvida del todo, entonces, ¿porqué insistimos en incluir tan fácilmente estos términos en nuestras narraciones? Por estos días simplemente me dedico a amar la intensidad del tiempo y rechazo la idea del olvido absoluto, porque "todo lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal", y no quiero admitir más dudas en mi vida. Por hoy quiero dedicarme a amar la vida, simple, efímera y maravillosa como es; porque el amor es un punto de encuentro y lo abrazo así, como el ideal de compartir la ruta con todo aquél que ha respirado por esta idea y aquél sentimiento, porque nunca estamos del todo solos y el amor está ahí, esperando para recordarte que no existen casualidades ni absolutos.


Colina, julio de 2017.

viernes, 4 de agosto de 2017

Preguntas.



Estoy en la mitad de la carretera cuando las preguntas aparecen en el camino, cuando invaden el café matutino, el descanso cotidiano, porque ya no sé si estoy sin ti o conmigo, si extrañarte nace en el corazón o en la costumbre. Te pienso cada segundo del día, vives aquí, conmigo, en cada cielo no compartido y en cada piedra pisada mientras divago entre ideas veloces tratando de entender si la nostalgia es por tu ausencia repentina o por mis ganas de abrazar tu espalda, por el sabor que dejaste en mi piel aquella tarde de sol antes de abandonar en aquél parque los pudores. Te pienso, te cargo conmigo un último momento, porque las dudas ya no nacen de ti, porque mi mente se desnuda de tanta emoción y en frío se repite con una constancia abrumadora las preguntas de siempre, el miedo arraigado de no saber si te extraño por ti o por eso que tú me dabas, por el vértigo de despertar tan lejos y saber que ahí estarías, a tan solo una palabra de mi almohada, velando mis sueños turbios que comenzaban a teñirse con tu esencia de puro terciopelo e inédita dulzura. Te revivo en la memoria y esta melancolía se torna impersonal, como si estuviese despertando lentamente de una quimera, como si nunca hubieses estado y solo existieras aquí, en mi mente, en mis recuerdos, en la virtualidad de un lazo que nunca estuvo y cuyo nudo no deja más huella que aquellas a la orilla del mar.




miércoles, 2 de agosto de 2017

Historias de patio.



Hoy, durante la hora de almuerzo, me quedé un rato mirando el patio del fondo del colegio. Ocurrían simultáneamente dos partidos de fútbol, niños echaban carreras en la pista y, a lo lejos, dos niños estaban sentados conversando. Ocasionalmente, surgían bromas de sus compañeros, quienes, además, los llamaban a sumarse al juego (el cual era mixto). El niño, entonces, miró a la niña y permanecieron sentados, en su conversación, en ese pequeño universo paralelo. La postal resultó ser mágica y reveladora. Cuánta honestidad y simpleza hay en los sentimientos cuando no se ensucian con el miedo, cuánta verdad soportan aunque tengan 11 años, aunque estén tan a la vista en el fondo del patio a plena luz del sol. Recordé entonces esa emoción infantil de ir al colegio cuando había alguien que te daba razones para querer levantarte temprano, lo bien que se sentía esa dulzura, ese saludo matutino, ese conversar sobre cualquier cosa mientras la conversación fuera con esa y no con otra persona. Aquí, con varios años de distancia, pienso que es un poco como esta frase de Borges: "La juventud me resulta mucho más cercana ahora que cuando yo era joven. Quizá porque ya no veo la felicidad como algo inalcanzable. Ahora sé que la felicidad puede ocurrir en cualquier momento y que no se debe perseguir". Al final, el crecer nos llena de miedos vacíos y es nuestro deber el dejarlos ir, porque solo así se puede volver a ese lugar, a ese momento en los que fuimos verdaderamente felices sin buscar serlo.


Vuelo.



Mi pecho descansa con una nueva calma, como si pudiese conquistarlo todo por tanto aire que recibe, como si el silencio por fin hiciera sentido entre tanto ruido y entre tanta espera; mi pecho descansa en la otra vereda y respira y siente y vive el fulgor de nuevas noches en nuevas alturas, en latitudes desconocidas que me abisman en una paz nueva desprovista de máscaras, de tanto maquillaje y tanta prisión que castraba esta voluntad de vuelo propio que nace en mi pecho, que descansa y conquista cada esquina de mi corazón. Mi mente descansa de tanta fantasía y se olvida del reloj, crece atenta en el ahora olvidando los minutos que pasaban con dudas y pesaban con miedos; porque el tiempo es ahora, es aquí a mi lado, conmigo sosteniendo el humo y dispersando las nubes de negros recuerdos; porque fundo tierra y fuego para crecer con la libertad de las olas mientras despido los pesares y me asiento en la esperanza del viento: aquí empieza todo, aquí me dejo partir.


Votos

Jaime: Podría iniciar estos votos tratando de ser elocuente, pero la verdad es que debo iniciar diciendo que no existen palabras para explic...