De pronto es como si todo cayera en su lugar y me abandonara en la misma zona que he habitado por un tiempo que se ha tornado eterno. La soledad a veces se vuelve insostenible, como si fuese la única compañera en mis crepúsculos, o al menos la única verdadera y constante, porque las sábanas se convierten rápidamente en las cadenas que aprietan mi pecho cada noche que permanezco en este compás de espera. Baja la velocidad, cae el pensamiento, llega la angustia y se asienta en mi seno: no quiero más tristezas en el alma. No siento nada y el vacío se apodera de cada segundo de mi día en el letargo infinito de saberme cayendo y no saber en los brazos de quién iré a parar, porque el vientre está al sur del corazón y la mente es siempre mi norte. Se arruina toda brújula y me siento perdida, como si la ruta trazada a fuego se hubiese esfumado dejándome el corazón abierto y un camino que se bifurca. La naturaleza del cambio me obliga a los cuidados intensivos, a la cautela y el recelo, al dilema de saber que no soportaría un nuevo combate, no resistiría un nuevo ataque ni en la piel ni en el edredón cuando la única guerra que busco es la que aguarda en alguna cama de algún extraño en algún lugar que aun desconozco. Entonces pienso: cuando la espera no es opción y mis piernas se aprietan al pensar en cruzar su camino, ¿qué tratan de esconder mis labios en su espalda?.
martes, 27 de junio de 2017
lunes, 26 de junio de 2017
Lugares con historia: La Villa San Luis y el miedo del poderoso.
A unas cuadras de donde vivo se encuentra la Villa San Luis, un lugar que me llena el corazón de una emoción a la que aún no le encuentro nombre: simplemente te estremece el alma. Este lugar nació en 1972, como parte del proyecto de viviendas sociales del gobierno de Salvador Allende. En ese entonces, más de mil familias lograron cumplir el sueño del hogar propio, sueño que para tantos sigue siendo hoy algo lejano.
El proyecto lo conformaban veintisiete edificios, mil veinticuatro hogares que fueron arrebatados de las manos de sus dueños el año 1976 por el Ejército de Chile. Esta Villa es un verdadero estandarte de la lucha contra la segregación que podemos ver hasta el día de hoy. Una de las cosas que más me violentó cuando llegué a vivir a la capital fueron las preguntas tipo: ¿en qué comuna vives? ¿De qué colegio eres? Tuve la suerte de que esas preguntas nunca aplicaran a mí y, también, tengo la suerte de poder ver casi a diario este espacio que me recuerda que la lucha contra esta lógica elitista terrateniente aún no termina.
Alguna vez escribí: "Por suerte, aún existen lugares que tienen más memoria y más historia que cualquiera". Lo escribí después de rodear lo que queda de la Villa frente al Parque Araucano. Desde entonces, se ha vuelto un lugar al que le hablo cada vez que paso por él. "Resiste" es lo que más le digo al lote 18. Es que se trata de eso, de un ícono de la resistencia, de la lucha, de una pelea por la dignidad dada desde el corazón. Robaron sus viviendas, construyeron uno de los centros financieros más poderosos de la capital, se asentaron grandes empresas en donde antes se asentaban sueños.
¿Por qué San Luis? Por el miedo y la rabia de quienes resentían a los nuevos vecinos. Porque no podían soportar que la gente que vivía en la ribera del Mapocho ahora viviera junto a ellos, detrás de la Escuela Militar. Posteriormente, en 1996, el Ejército vendió estos terrenos, con la complicidad de Gobiernos en democracia, vendiendo a su vez los sueños de las mil familias desalojadas, los sueños de gente de lucha que fue desalojada en camiones basureros y arrojados al perímetro, al margen.
Hoy me duele este lugar. Me duele porque el poder vuelve a ignorar la lucha de tantos, porque ignora la memoria y busca demolerla a escondidas, por la espalda. Porque a días de poder declararla Monumento Histórico entraron las excavadoras, derrumbando a su vez ese espacio de esperanza que esta Villa representa. Me duele San Luis, me duele la injusticia que abraza este lugar y que no quiere soltarlo. Me duele la cobardía de quienes ostentan un poco de poder que ignoran las batallas que muchos deben dar en una sociedad cruel y violenta. Me duele este lugar y es este mismo lugar el que reafirma que hay muchas luchas por dar aún y que es parte de nuestro trabajo no desistir y enseñarles a las generaciones que vienen a darle el valor que merece la historia y la memoria para poder construir un futuro mejor.
domingo, 25 de junio de 2017
De paseantes y peatones.
De a poco, este espacio se ha transformado en una suerte de diario íntimo, de imágenes del día a día que me acompañan en memorias y en palabras. Como seres humanos acumulamos millones de anécdotas sin darnos cuenta porque, a veces, simplemente nos conformamos con la reflexión apresurada que generan en el momento (si es que tenemos esa suerte) y, en muchas otras ocasiones, las dejamos pasar, igual que la vida.
Los últimos once años, contando en ellos un breve intervalo de 12 meses, he vivido en la capital: una ciudad que cada día me parece más insufrible y con la que he aprendido a convivir de la mejor manera posible. Y no es un secreto que oculte, porque la región a uno se le nota, sobretodo cuando hay amor y orgullo por la tierra que te conoce desde el génesis. En mi caso, cada vez que puedo me descargo en contra de este lugar tantas veces hostil y apático. Al mismo tiempo, cada vez que logro ver un poco de luz en sus calles lo escribo como si fuera el bálsamo que necesito usar a diario para no extrañar el desierto y sus mares. La escena diaria de hoy tiene un poco de ambos, como todo lo bueno de la vida: encuentros y desencuentros, amores y desamores, orgasmos y despedidas.
Siempre he creído que los días fríos son para caminar, porque me encanta el frío y esa sensación de resguardo que trae un buen café (mejor aún si hay una buena charla de por medio). Salí entonces en busca de ese resguardo esta tarde y me encontré con un cielo de algodones, un cielo de invierno. Al verlo paré unos segundos, para retenerlo, para que no se me olvidara. De pronto, mi hombro se mueve involuntariamente hacia el frente: un caminante chocó mi hombro a gran velocidad, a velocidad capitalina. Me mira y pregunta "¿por qué te quedas parada ahí?". Y yo respondo desde la región, desde la honestidad sin filtro: "el cielo está bonito y se lo está perdiendo por andar de santiaguino un domingo a medio día". El desconocido miró al cielo un segundo y siguió su ruta sin hacer más comentarios. Me pareció verlo alejarse a un paso menor, tal vez por el cielo, o por la imprudencia de mi honestidad. Yo seguí caminando hasta llegar al puente para cruzar la avenida, saqué mi cámara, apunté al cielo y seguí mi resguardo.
Esta es una ciudad donde no es común saludar y despedirse de los desconocidos y donde si es común la pregunta "usted no es de aquí, ¿cierto?". Por esto es casi vital retratar esos cielos, porque te recuerdan que el corazón sí tiene un lugar en el mundo y que, ese mismo corazón, te recuerda quién eres y de dónde vienes: porque el corazón es el que debe marcar tus pasos, sea donde sea que estés.
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| Puente entre el Parque Araucano y el Parque Juan Pablo II. Junio 2016. |
viernes, 23 de junio de 2017
Cafuné o la verdadera intimidad.
Es al menos curioso cómo, en las acciones del día a día, uno puede encontrar espacios llenos de magia. Porque la magia no es eso que te venden en televisión o en publicidades, la magia real está en pequeños momentos que te hacen abrir los ojos y respirar profundo al darte cuenta de lo simple que puede ser todo. El cuadro es el siguiente: figuraba yo secando y cepillado con mis dedos el pelo de mi hija. Así de simple, así de cotidiano. Recordé entonces que los brasileños tienen una de esas rarezas lingüísticas que tanta fascinación me generan: cafuné, o el término para nombrar la acción de pasar los dedos con cariño por el cabello de alguien. Y pensé (como si eso fuera una novedad) que no hay acto de intimidad más grande que acariciar el pelo de alguien.
Más allá de conceptos morales que ya parecen polvorientos en una realidad donde besos, brazos, camas y sábanas se pueden compartir fugazmente; me parece que, ese momento de paz cuando te acarician o tú acaricias la cabeza de alguien más, no tiene parámetros de comparación alguna. A los chicos se les exige saludar de beso a desconocidos, nos enseñan que es por buena educación saludar con un abrazo al médico al entrar a su despacho, se abraza a los jefes, a los colegas y besas a los amigos y a los amigos de tus amigos y a desconocidos en un bar de buena o mala reputación. Ni hablar de cómo puedes compartir una cama. La intimidad es un concepto que ha sido transgredido, tergiversado, transformado en la era de las redes sociales y compartimos el despertar y el desayuno y la cena. Pero ¿a cuántos y a quiénes le acariciamos el cabello? Ese y no otro debería ser el parámetro para medir nuestras intenciones. Y la pregunta no debería ser por si besarías a alguien, la pregunta verdadera es por si te gustaría ese cafuné con alguien o para alguien.
miércoles, 21 de junio de 2017
Mis planes.
Los planes son los enemigos naturales de la vida. Se encargan de hacernos ver sólo un camino cuando en verdad nunca hay una ruta unívoca. Los planes no te permiten vivir en el corazón aquellas sorpresas que la vida lanza como paracaídas, la ciudad me ha enseñado eso. El navegador es nuestro mejor amigo: cuando las distancias se hacen eternas y el destino es desconocido nos indica la mejor ruta, la más rápida, la con menos accidentes. Así, por seguir esos caminos destacados, ignoras las pequeñas callecitas llenas de magia que se encuentran perdidas en esos mapas exactos y calculadas con una minuciosidad que sólo puede tener la red. La vida no se calcula y yo quiero perderme y no encontrarme por un rato, navegar sin rumbo fijo hasta encontrar un puerto que se convierta en mi hogar. Y en esas rutas espero encontrar eventos, caídas, una hora o dos de taco que me permitan ver lo furioso que se pone el cielo cuando el sol empieza a esconderse. Porque el sol se esconde, pero nace la noche y, con ella, el espacio para esconderse por un momento de tanto ruido y encontrar otro tipo de calor. Mis planes, por ahora, son dejar de hacer planes y recibir toda la calidez que la vida quiera darme, fuera de toda red, con la libertad del viento que sopla mis alas: morder la manzana sin temer las consecuencias.
lunes, 19 de junio de 2017
Penélope y Ulises.
No es secreto que el año pasado lo sobreviví como pude, a puro instinto. También el año pasado me dio por tejer a modo de terapia de evasión y dejé mil cosas inconclusas, tal como bufandas que terminaron convertidas en frazadas y varias intenciones de bufandas con las que podría armar alfombras de patchwork. Tejí a medias el cargador del computador y tejí a medias mis audífonos. Tejí a medias el cable de mi celular y tejí, además, un par de regalos de cumpleaños. En este momento, tengo un tercio de bufanda escolar tejida para mi hija y bolsas de lanas que compré con la intención de terminar lo empezado y comenzar nuevos proyectos. También, en este momento, me di cuenta que llevo cerca de un año viviendo como Penélope sin saber qué o a quién espero de tanto tejer. Sin embargo, pese a estar en pleno junio y aún no recibir el invierno, me niego a seguir tejiendo; terminaré la bufanda escolar y daré por terminadas las cosas así, tal como están. Llegó el momento de aceptar que mi estilo es siempre dejar las cosas a medias y estos objetos medio tejidos podrán ser el testimonio material de que no estoy hecha para sentarme a esperar ni menos para evadirme en labores con mal génesis. Las lanas compradas las conservaré por si algún día las necesito, pero esta Penélope salió a buscar un barco propio a ver si encuentra sirenas para desafiar en el camino. Y si llega Ulises, él podría terminar todas las cosas que no terminé de tejer, porque no pretendo regresar por un tiempo.
Edificios.
Es de noche y en el edificio de al frente están casi todas las luces apagadas. Trato de concentrarme en mi trabajo pero, de pronto, centro mi atención en una de las pocas luces encendidas cruzando la calle y que da justo frente a mi balcón. Una chica corre libremente de un lado de la habitación hacia el otro y yo pienso "qué hermoso librero tiene". En ese momento, aparece en el cuadro un bello perro blanco, grande, que persigue a la joven y la atrapa. Toca cambio de turno y ahora es la mascota la que corre y su compañera de juegos quien debe atraparle. Los edificios se han tomado la ciudad; sin embargo, a ratos, nos regalan estas pequeñas escenas en las que uno puede sentirse cómplice o espía de la felicidad de otros. Tal vez, tanto mi vecina como yo, deberíamos poner cortinas. O quizás el no tener cortinas es una nueva forma de compartir en esta verticalidad. Al frente se apaga la luz, no supe si ella pudo atrapar a su camarada, pero es la señal que necesitaba para retomar mis deberes. Aquí vamos de nuevo, trabajando en vitrina para que los de al frente puedan imaginarse qué me trae tan ocupada cuando escribo sobre ellos: paradojas de la vida en altura.
domingo, 18 de junio de 2017
Abrir los ojos.
Hoy desperté con ansias de encontrar nuevos sabores,
de abrir los ojos para encontrar magia en cada rincón.
domingo, 11 de junio de 2017
Bajarse del mundo.
Me gustaría poder poner la mente en off,
dejar de extrañarte como pasatiempo mortal
cada noche que mi almohada habla de ti,
dejar de pensarte incesantemente,
insistentemente,
en la insensatez de creer que podrías ser mío,
porque no quiero pensarte como propiedad
cuando lo único que espero es que me llames tuya.
Me gustaría poner mi mente a descansar
y dejarte en el olvido tal como tú ignoras este ardor
que acompaña mis piernas y mi alma;
tal como tú sigues cada mañana en una nostalgia
que no tiene mi nombre ni mi aroma,
en una melancolía que no sabe de mi ausencia
ni de los errores que cometo al buscarte en otros.
Me gustaría dejar de exiliarme en mí misma,
bajarme del mundo y dejar de conversar contigo en la ficción,
alejarme del ruido de mis intentos vacíos por confesarte
que el motivo de mi inconsistencia es la cordillera,
la línea divisoria entre tu voz y este adiós.
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| El Morro, Iquique. Diciembre 2006 |
domingo, 4 de junio de 2017
Pensar en ti.
Si necesitas mantener la mente ocupada,
soy voluntaria para que la ocupes en mí,
para nadar por tus pensamientos
tal como tú navegas por mi piel,
mientras el silencio perfora mis oídos
por la cobardía de no decir que te seguiría
hasta el último rincón de la tierra que habitas.
Me ofrezco para ser el hogar que te espera
en la distancia impuesta por sueños discordantes,
vuelos tangenciales que empapan con nostalgia
cada tarde de domingo en mi balcón,
cada noche en la que no soy capaz de recordar
el aroma de tu cuerpo ni el roce de tus manos.
Si necesitas mantener la mente ocupada
te pido que pienses en mí al menos un instante,
que repases cada palabra, cada caricia,
para que descifres las fallas de mi carácter
y encuentres esta confesión que hago
cuando ya no tengo más verdades que ocultarte.
Podría soplar tus alas hasta reventar mi pecho,
dejarte descansar en mis piernas hasta mediodía;
a cambio, sólo pido que me revivas en tu colchón
y que sientas cómo me duele tu ausencia,
si necesitas mantener la mente ocupada,
si necesitas que alguien también piense en ti.
viernes, 2 de junio de 2017
jueves, 1 de junio de 2017
Cordilleras.
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Quisiera estallar un segundo para poder enterrarme en tu torso, hacer un nido y quedarme pegada a ti un segundo más, escuchar los latidos de...
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"Fue mi corazón el que cambió". Seguía repitiendo la misma frase una y otra vez, hacía ecos en mi cabeza sin parar, sin embargo, s...






