jueves, 16 de junio de 2016

Tu espalda.


Mi memoria transita por tu vereda,
te recuerda con la furia de las noches
que nos ocultaban entre el humo y la calidez
de caricias encubiertas por un grito mudo.

Te pienso con el calor de mis piernas entre las raíces
que crecían en la espera de tu carne,
                                       de tu sonrisa inmortal,
de tu piel eterna deslizándose bajo mi cintura,
desenterrando el deseo que se oculta en el tormento.

Mi memoria no tiene pies pero marcha constante
entre rutas que hablan del sabor de tus labios,
que gritan la dulzura de tu sudor cayendo lento sobre mi pecho,
                                                     cayendo firme bajo mi vientre,
derramando el arrebato que guardo en tu espalda.

Mi memoria vaga entre imágenes perdidas
y los ecos de mis fallas persiguen mis pasos,
cercan los caminos de salida y me conducen a ti:
soy prisionera de tu pasión y del descaro angular,
       prisionera de tu piel respirando mis verdades,
de tus manos enterrándose en mi cuerpo;
porque no sé ser desde que tu lengua entró en mí,
no sé más que de la brutalidad de un llamado animal
que se esconde entre las sábanas y la cordura,
                         entre el quedarse y el huir.


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