Atrás quedan paisajes eternos pintados en mi memoria,
inmóviles por el peso de tu tacto;
abandono los parajes de un todo indivisible
que se fragmenta entre recuerdos
por la simple necesidad de sobrevivirte,
por el imperativo de no dejar de sentir tus manos,
tu abrazo,
tu vuelo,
tu sonrisa eterna que alimenta mi alma
con tan solo mirar tus labios,
con sentir el roce fugaz
de una caricia limpia de todo el ruido del mundo.
Te llevo conmigo, adentro, tatuado en mi piel,
en mi respiración que habla de aquel momento
que se hace eterno y camina por tu espalda;
te llevo conmigo y me voy quedando aquí,
sembrada en la espera de un tiempo
que nos abandone en la libertad del otro.
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| Buenos Aires desde el cielo, 22 de julio de 2016. |

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