A veces mi mente necesita hacer catarsis, sobretodo cuando se trata de cosas que escapan a mi lógica racional. Supongo que es una de las grandes necesidades del ser humano encontrarle una explicación a todo lo que nos rodea para que, de algún modo, nos sintamos en control de nuestras vidas. Esa, es una costumbre que tengo desde que tengo conciencia, el aprender a racionalizar cada aspecto para sentir que soy dueña de mí; sin embargo, suelo encontrarme con pequeñas cosas que no soy capaz de explicar, cosas, por ejemplo, como mi nostalgia crónica por el mar.
Es difícil explicar mi relación con el mar, porque con el mar siempre todo es tan simple y tan abismante que no soy capaz de comprenderlo, mucho menos de ponerlo por escrito. Si bien llevo toda una vida conociéndolo, son los últimos diez años de mi vida que él ha sido protagonista, incluso en la distancia: es que el mar para mí es de esos amores que uno jamás puede olvidar. Nos conocimos por destino, al menos eso creo yo, porque nunca me sentí tan completa como cuando aprendí a estar con él en silencio, escuchando perpleja su sabiduría, mirando atónita su infinitud.
Solía pasar horas sólo contemplándolo y, al irme lejos de él, sentí cómo mi corazón se rompía de la forma más definitiva y a su vez curadora, porque cada vez que puedo volver a encontrarlo me encuentro en gran parte a mí misma. Entonces pienso que, así como nos encontramos el mismo destino nos distanció, pero a veces el destino es bueno conmigo y me permite visitarlo y volver a amarlo con la intensidad de su marea y con el calor del sol que refleja. Hoy fue uno de esos días, hoy lo miré a los ojos, le volví a sonreír y la despedida no fue tan dura, porque uno se acostumbra a despedir y esperar que la ruta vuelva a marcar los pasos que te lleven a ese amor que llevas tatuado, ese amor que se queda en tu raíz.

No hay comentarios:
Publicar un comentario