domingo, 12 de marzo de 2017

Laberinto.


Habito en una melancolía contagiosa,
en la pequeña muerte que traes de regalo
en cada ida y cada vuelta que das al sol
buscando curar un alma cansada de despedirse,
de silenciar una pasión que sólo crece
                en el tiempo y en la distancia,
                en la salud y en la contrariedad,
en la felicidad compartida y la tristeza censurada,
porque hablas de amor y no dices mi nombre
mientras yo digo tu nombre sin poder llamarte amor.

La nostalgia vive conmigo desde tu arribo,
se esconde en lo profundo de mi cuerpo
desde que tú naciste en él como el río
que cubre cada espacio de mi piel,
que sólo vive al respirarte,
                         al enterrarte en mi memoria
como el verbo que da vida a cada sueño compartido.

Hoy existo gracias a ficciones y pasos en falso,
resisto desde la trinchera del aroma de tu cuello,
desde un balcón que solo puede escribirte
porque muero en el mutismo de un miedo crónico,
por el temor de un adiós que no permita un reencuentro,
por el terror de perderme con tu partida y no encontrarme
entre los pasillos de un laberinto indescifrable

que nace en mi pecho y termina en tus labios.


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