El oleaje vuelve a cubrir mi cuerpo, baña mi alma con su ambivalencia, con sus venidas y retiradas, con la inconsistencia que tanto me aturde y me hace perder los estribos. Busqué paz en tu distancia, busqué calma ante la desesperación de tu ausencia mientras observabas desde lejos cómo iba tejiendo el camino que hoy de ti me separa. Busqué viento y mis pies encontraron vida propia, anduve errante entre fallos y aciertos cuando esperabas en una tormenta propia que me impedía escucharte, porque nunca alzaste la voz para detenerme en mi huida. Nos perdimos de todo, nos perdimos del mundo con mis labios en tu cuello, con mis piernas rodeando tu espalda, con tus brazos afirmando mi cintura. Me perdí en tus ojos y no supe cómo sobrevivir el naufragio porque nos perdimos sin tenernos jamás, porque el amor no sabe de intentos ni de cobardías, porque me ganó el temor y me refugié en los muros que tú mismo construiste en lugar de derribarlos con la intensidad de aquél sentimiento que hoy yace agónico, por la inclemencia de la desmemoria y por la crueldad del reloj que no permite espacio para el arrepentimiento ni tiempo para un salto más. Entonces, el oleaje vuelve a cubrir mi cuerpo, baña mi alma con su espuma de olvido, porque renunciaste a mí sin darme aviso, porque te dejé ir sin saber luchar.
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