Siento cómo la calma de la noche empieza a sumergirme en una extraña quietud, como si mi alma estuviera en reposo constante, en un compás de espera que se tiñe con tu nombre, con tu risa, con tus miedos. Te espero en la esquina mientras te busco de reojo entre las sombras de un deseo que crece y que no puedo detener, porque se asienta en mis piernas, en mi pecho, en mis ojos cada noche que duermo con el sabor de tus labios y con el ritmo de tu voz. Tu mirada me desnuda sin saberlo, tus ojos pequeños iluminan la oscuridad de una banca que espera por nosotros; caminamos perdidos, sin hora y sin plan por las veredas de una ciudad nueva, una ciudad que se abre para nosotros entre carreteras y canciones sin sentido que se acumulan en en una nueva armonía. Entraste lento en mi locura, de a poco te has metido en mi piel y vas dejando huella, porque aún no existen caricias ajenas que puedan sacarte de mi pensamiento o competirle al calor de tus brazos. Retomamos el rumbo y siento cómo la calma de la noche empieza a sumergirme en tu esencia; los árboles de aquella plaza cobijan anécdotas de lágrimas, de carne, de soledades que han sabido sobrevivir los años entre tantas desgracias y tanto humo; nuestras siluetas se alargan cobrando vida en la penumbra y yo naufrago entre aquellas palabras que pintas en el aire mientras me dejo ir en tus desvelos, en tu tormenta, en tu intensidad.
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