Esta noche miro al cielo y comprendo que no eres más que un espejismo, una farsa que entrega calidez a cambio de perpetuar complejos repetidos como espiral, porque no sabes de sinceridad si no es por violentas explosiones que terminan siendo un grito de ayuda. Te recuerdo y comprendo que no existes, que logré descifrar tu misterio y que nada tiene que ver con el reflejo de tu imagen ni con tu voz trémula llamándome a la calma; no existes porque te has enterrado en tu pecho, porque quien camina es el impostor que has creado para jugar en cada esquina que encuentras y que te entregue un segundo de atención. Te recuerdo, porque lo más honesto de ti quedó perdido en una sábana sucia de aquella habitación que tomamos para olvidarnos del ruido del mundo y, aún así, comprendo que lo tuyo no son mentiras sino trampas y caprichos, una locura en la que te pierdes para justificar tus máscaras, para perder el tiempo que te consume lentamente porque sobrevives resistiendo los golpes en sólo un frente. Esta noche miro al cielo y te destierro, te expulso de mi piel, te libero de mis besos, le grito a las estrellas y así te despido; porque los cobardes siempre pierden cuando se trata de amor, porque tú sólo haces apuestas seguras. Entonces, en medio de la oscuridad nocturna cierro los ojos y siento cómo el viento abre mis alas para llevarme lejos de tu tormenta, lejos de todos tus miedos, lejos de este triste devenir que me aprieta el corazón cada vez que bajo mis barreras; pero todo termina, volvemos a decir adiós, los botes se alejan del puerto y yo respiro en calma sabiendo que allá lejos me espera otro faro que iluminará toda esta oscuridad que dejaste en mí.
viernes, 10 de agosto de 2018
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