sábado, 23 de abril de 2016
Viejas noticias.
A veces la calma del humo inunda mi ventana,
aquella que tantas veces esperó por tu llegada
en noches invencibles por el frío
en noches eternas por el inquebrantable deseo
que nos embriagaba entre imágenes y palabras
compartidas en la oscuridad del anonimato.
A veces la altisonancia sobra y solo queda
el recuerdo de tus manos cubriendo mis caderas,
cada uno de mis rincones en la prohibición del tacto;
porque la moral sigue herida por el juicio impuesto
y los compases cesan en la velocidad de tu canto.
A veces, las piernas tiemblan al recordar tu nombre
y la firmeza del cuerpo cede ante la tentación
de recordar el dulce descaro de tus palabras,
el suave roce de tu piel sobre la mía,
bajo los instintos de una melodía perdida
en el tren de mis mentiras.
A veces te escribo solo para provocar a la memoria,
para tentar la sugerencia de una carne que no olvida,
de un cuerpo que insiste en gritar tu nombre
cuando es tocado por otras manos,
otro aroma,
otro color...
así, a veces espero la amargura del castigo que llevo tatuado,
el que ha caído por dejarme ir.
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