miércoles, 20 de junio de 2018

Cuadro



De pronto, la luz del fondo se enciende y se asoma tu silueta por la puerta; aparece como sacada de un cuento antiguo, de una de esas historias que uno no quiere volver a repetir pero que sigue releyendo en el tiempo por ese apego a las historias inmortales. Atraviesas la habitación, llegas por mi espalda y tus brazos se entierran en mi cintura; me quitas el sweater, besas mi cuello con medida suavidad, acaricias mi pecho y te largas como invitándome a seguirte. Desapareces entre el humo mientras te observo, mientras tus dedos siguen vibrando en la superficie; dudo un segundo de mis pasos mientras repaso la lista de mis deberes del momento, pero el impulso le impide a mi mente pensar en otra cosa que no sea tu cuerpo. Te sigo como náufrago en busca de un faro, como si la oscuridad de aquel rincón me atrapase con un magnetismo desconocido que me enreda en tus piernas cada vez que rozas mis cicatrices, cada vez que entierras tus ojos en mis labios. Así caemos en la cama para fundirnos en un tiempo que se me hace eterno, un tiempo que suelo revivir en mi almohada y que se escapa de vez en cuando para recordarle a mi piel que sigue viva aun cuando siempre cargo un trozo de otoño en el alma; caemos, bajamos, perdemos el rumbo pero encontramos el sur pues navegamos en un retroceso constante que da paso al deseo y a la calma. Al terminar, permanezco un momento en reposo acompañada de tu ausencia, un beso tuyo marca mi espalda y me levanto aun mareada por tu intensidad; entonces, el roloj anuncia la hora y tu abrazo dibuja para mí un trozo de felicidad en el aire que cuelga de tu boca, que me ata a tu libertad.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Votos

Jaime: Podría iniciar estos votos tratando de ser elocuente, pero la verdad es que debo iniciar diciendo que no existen palabras para explic...