Los días como este siempre aumentan esta nostalgia crónica que habita conmigo; es como si viviera extrañando algo o a alguien que aún no conozco, como si añorase un lugar que aún no he visitado y del cual me siento parte desde que tengo memoria. Quizás es el frío entrando en mis huesos mientras me pierdo mirando el humo del último cigarro, un abrazo que significó el mundo en su momento, o puede que sea una palabra recitada en mi oído con la suavidad de la lluvia y el viento estacional. Tal vez, es un sueño del que jamás desperté, a la orilla del mar, en el límite de mis arranques y del disfraz que cargo para no sentirme nuevamente lastimada, porque el frío me recuerda la fragilidad de la que me avergüenzo, la debilidad que cargo en el cuello y en mi alma. Los días así me roban el sol pero no la sonrisa, porque he aprendido a reír con nueva simpleza, con aires libres de heridas y de errores que no cargan mentiras que esconder entre las nubes de tormenta. Por mientras, la lluvia comienza a secarse en las calles, se encienden los faroles de la esquina y me siento en la misma banca de siempre a esperar que despeje la niebla, la nostalgia y este invierno que apaga los fantasmas y que enciende la tempestad.
lunes, 2 de julio de 2018
Día de invierno
Los días como este siempre aumentan esta nostalgia crónica que habita conmigo; es como si viviera extrañando algo o a alguien que aún no conozco, como si añorase un lugar que aún no he visitado y del cual me siento parte desde que tengo memoria. Quizás es el frío entrando en mis huesos mientras me pierdo mirando el humo del último cigarro, un abrazo que significó el mundo en su momento, o puede que sea una palabra recitada en mi oído con la suavidad de la lluvia y el viento estacional. Tal vez, es un sueño del que jamás desperté, a la orilla del mar, en el límite de mis arranques y del disfraz que cargo para no sentirme nuevamente lastimada, porque el frío me recuerda la fragilidad de la que me avergüenzo, la debilidad que cargo en el cuello y en mi alma. Los días así me roban el sol pero no la sonrisa, porque he aprendido a reír con nueva simpleza, con aires libres de heridas y de errores que no cargan mentiras que esconder entre las nubes de tormenta. Por mientras, la lluvia comienza a secarse en las calles, se encienden los faroles de la esquina y me siento en la misma banca de siempre a esperar que despeje la niebla, la nostalgia y este invierno que apaga los fantasmas y que enciende la tempestad.
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