Antes de dormir comienzo a pensarlo, a revivirlo como si estuviese atorado en mis sábanas, en mi pecho y en mis piernas. Lo imagino perdido en aquél oscuro rincón en el que yo esperaba con ansias el perderme en su boca, en su mente infinita y caudalosa, navegar en sus ideas, en su lengua y en su carne, porque todo en él me seduce, todo en él me eriza la piel, la mente, el alma. Lo imagino descansando a mi lado, abrazándome aún por la espalda, rodeando mi cuerpo con su ingenio y su pasión; porque con el silencio de la noche irrumpió también su dulzura, la misma que se perdía en mi cabello mientras yo me perdía en su ombligo. Lo siento aún adentro, cerca del corazón cuando se estremece con sólo pensar su nombre, su verbo, sus brazos recorriendo mi columna; lo siento en el centro de un corazón que empieza a renacer no por su llegada sino por el descubrimiento de poder sentir lejos del canon impuesto, fuera de la comodidad en la que me sitúo buscando refugio y seguridad, buscando no volver a herirme de tanto amar la vida. Antes de dormir comienzo a pensarlo y su fantasma se desliza por mi almohada, musita en mi oído deseos que naufragan en el pudor de sabernos ocultos y expuestos bajo las luces de aquél semáforo que nunca nos dio luz roja, porque mi cuello no busca más que reconocer sus labios y mi sexo no recuerda más que su sabor.
martes, 10 de julio de 2018
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