domingo, 13 de mayo de 2018

Silencio


Tengo un beso encadenado entre mis labios que recorre suavemente mi espalda y anida siempre hacia el sur; lo llevo tatuado con fuego en mi cuello como si revivirte fuera parte de mis dedos, de mi piel que se eriza al recordar tu mirada entrando con furia y dolor en la mía. Estás clavado en mi centro como puñal, como carne, como aquella ternura extinguida que explota cada vez que mi corazón se agita entre supuestos; porque te temo cada tarde al pensar en nuevas noches que alcanzan la cima en tu cama, aquellas noches en que no sé de tu cuerpo más que en sueños lejanos que guardo para ti entre mis piernas, y que son los mismos que oculto y destruyo en una mente que no sabe descansar de tu nombre entre las dudas y los celos. Tengo un beso encadenado que te pertenece, porque abres mi jaula, mis alas, mi intinuición que permanecía inmóvil hasta tu llegada en un cálido rincón que hoy reconstruyo con miedo al olvido o a las caricias ajenas; porque te llevo escondido adentro, en mis huesos, mientras te niego en mi interior cuando mi razón insiste en la cobardía, en la mirada esquiva, en los labios atados y en este silencio.

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