domingo, 7 de mayo de 2017
Ciudades.
Quiero creer que la ciudad despierta contigo cada mañana,
que se acuesta conmigo cada anochecer,
creer que la noche me aguarda en cada esquina de tu piel
mientras espero que llegue el tiempo de la valentía
para poder escupir las verdades que llevo atoradas
en la garganta,
en las piernas,
en mis dedos
que te quisieron seriamente y hoy no saben de nosotros.
Quiero creer que la ciudad despierta contigo
en la distancia de un abrazo que se niega a dejarte partir,
mientras mi boca se niega a aceptar su egoísmo:
quiero creer que te quiero libre como el mar y la brisa
que me cubren en la profundidad de tu carne,
que me basta con el palpitar de tu pecho volátil
en tardes de otoño con gusto a verano,
en noches febriles con aires de algo más.
Quiero creer que la ciudad despierta contigo cada mañana
y te lleva lejos con su viento al anochecer;
que no existe un lenguaje ni un nombre que te toque
en la inmensidad de un caudal que no sabe de fronteras,
en la infinitud del silencio que ahoga mis gritos
y el dolor de no poder llamarte mío en cada encuentro furtivo,
en cada sábana herida por el descaro de una pasión
que no conoce límites ni creencias,
que no sabe compartirte entre supuestos y quimeras.
Quiero creer que la ciudad despierta a tu lado
y que permanezco ahí,
contigo,
en el dominio de las bajas pasiones que dominan
este impulso de callar mis anhelos que sólo hablan de ti.
miércoles, 3 de mayo de 2017
Sobre el cuerpo.
"La distancia no es un problema. El problema somos los humanos, que no sabemos amar sin tocar, sin ver o sin escuchar. Y el amor se siente con el corazón, no con el cuerpo".- Gabriel García Márquez.*
El problema somos los humanos, pero el amor sí se siente en el cuerpo, debería vibrar en cada rincón, apretarte el pecho, estremecerte. El amor se siente en el vientre, en las piernas, se siente bajo el ombligo y te mueve los brazos, porque cuando el amor no se siente en la carne no es amor sino idealismo; porque el amor vibra bajo la piel y conduce tus pasos. El amor sin el cuerpo no existe, porque se debe palpar en cada respiro, en cada exhalación vital; te aprieta los dientes, te muerde los labios, te marca la superficie. El amor sobrevive la distancia cuando es el cuerpo el que extraña, el que resiente, el que recuerda; porque el cuerpo lleva grabado los signos de la memoria y te ayuda a resistir -o te guía a otros cuerpos que también extrañan-.
*Fuente incierta.
martes, 2 de mayo de 2017
Komorebi o el baño del sol.
Existen realidades que se escapan de nuestro lenguaje, que huyen lejos de la lengua porque son tan inaprensibles que no conocen el límite de la palabra. Una de esas realidades para mí siempre ha sido la luz de sol que se tamiza entre las hojas de los árboles: tiene un magnetismo tal que la abstracción es la única salida. Tan singular es esa realidad que solo existe un término para dar cuenta de ésto, le dicen Komorebi y es la palabra que los japoneses utilizan para referirse a este fluir de los rayos del sol. Espero que algún día esa luz me alcance y logre bañarme de toda la vorágine del día a día, de los fantasmas de mi memoria, del espejismo de humano que soy por estos días; por mientras, sólo espero contemplando ese destello y el recuerdo de sus sombras.
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| Plaza San Martín - Buenos Aires. |
Para no extrañarte...
Para no extrañarte te cargo en el cuello,
te llevo en la piel y en cada célula de mi carne;
porque me llenas y vacías con la voluntad del océano,
como la luz del sol que tiñe grises edificios cada amanecer
para luego revelar un cenizo hormigón.
Te llevo en los oídos con un grito silenciado
y con tus labios mordidos por la voracidad
de nuestros desencuentros,
por las idas y partidas de infinitos terminales
que aguardan infinitas despedidas
en infinitos rincones de una ausencia fantasmal,
de nuestro espacio vital,
de nuestro roce profundo,
agrietado por mi terquedad y alimentado por tu calidez;
porque te llevo en el dolor de mis brazos
cansados de asirse en la distancia y en la cercanía,
resignados a trepar por otros cuerpos más reales,
más constantes,
más presentes
en la intensidad de momentos de colección
que no logran convertirse en memorias.
Para no extrañarte te grabo en mi espalda,
en mi seno,
en el recuerdo de tu rostro embriagado por exhalaciones
que hoy solo reverberan en un cuarto vacío;
para no olvidarte te cargo en mi cuello, te quemo en mi piel.
viernes, 24 de marzo de 2017
Te llevo.
Te llevo atorado en mi memoria
entre sábanas y copas,
en la libertad abismante de las barreras
de mis piernas rodeándote,
atesorando tu aroma,
tu rostro,
tus besos dulces que desatan mi delirio
mientras mi cuerpo te vive en la distancia
de un encuentro que hoy parece un sueño,
un encuentro que se escapa del reloj
para habitar en la locura de tu respiración sobre mi piel,
en la intensidad de tus manos al correr por mi espalda.
Te llevo en mis pies,
en mi garganta,
en mi vientre que espera
por el destino o la casualidad de volver a sentirte,
volver a tenerte en cada espacio,
en cada rastro,
en cada suspiro que cala hondo
en la conciencia de la lejanía;
porque mi pecho te busca cada noche
entre el silencio y el éxtasis...
te llevo en mis labios: entre palabras y quimeras.
Tus ojos.
Aquí estoy nuevamente,
perdida entre ideas que no sé cómo ordenar
mientras mi cuerpo se mueve entre otros
impulsado por la extensión de la rutina;
me pierdo en mí y no sé quién soy
sino es por el reflejo de tu mirada
iluminando mi imagen con el calor de tus ojos.
Te busco como condenada a tu libertad,
porque son tus alas el viento de mis sueños
el origen de mis temores;
te escribo,
te invento entre palabras como una compulsión,
como si no fueran tus manos el eco
que reverbera en mis labios cada noche
mientras recuerdo tu rostro inmortal
y la profundidad de tu abrazo,
de tu carne,
de tus suspiros en mi piel.
Aquí estoy nuevamente mientras te vivo en la distancia,
atada a tu andar,
sembrando en la memoria,
extrañando tu voz;
porque dormidos encontramos la luz
y la luna alimenta las polaridades de nuestro deseo;
Aquí estoy: unida a tus pasos,
soltando tu mano,
dejándome ir.
lunes, 20 de marzo de 2017
Falta.
domingo, 12 de marzo de 2017
Laberinto.
Habito en una melancolía contagiosa,
en la pequeña muerte que traes de regalo
en cada ida y cada vuelta que das al sol
buscando curar un alma cansada de despedirse,
de silenciar una pasión que sólo crece
en el tiempo y en la distancia,
en la
salud y en la contrariedad,
en la felicidad compartida y la tristeza censurada,
porque hablas de amor y no dices mi nombre
mientras yo digo tu nombre sin poder llamarte amor.
La nostalgia vive conmigo desde tu arribo,
se esconde en lo profundo de mi cuerpo
desde que tú naciste en él como el río
que cubre cada espacio de mi piel,
que sólo vive al respirarte,
al enterrarte en mi memoria
como el verbo que da vida a cada sueño compartido.
Hoy existo gracias a ficciones y pasos en falso,
resisto desde la trinchera del aroma de tu cuello,
desde un balcón que solo puede escribirte
porque muero en el mutismo de un miedo crónico,
por el temor de un adiós que no permita un reencuentro,
por el terror de perderme con tu partida y no encontrarme
entre los pasillos de un laberinto indescifrable
que nace en mi pecho y termina en tus labios.
lunes, 6 de marzo de 2017
La espera.
Permanezco sentada,
inmóvil por el miedo de tu distancia,
mientras contemplo la inmensidad del mar
golpeando con cada ola el recuerdo de tu espalda,
mientras extraño tu cuerpo
respirándome a plena luz del sol,
enterrado en la arena de una soledad
cansada de extrañarte,
cansada de construirte en recuerdos de miel
que me permiten sobrevivirte
en la lejanía de una tierra
que habla de ti hasta en el silencio.
Permanezco sentada,
inmóvil en el café de tus ojos,
en la dulzura de tus labios que siguen
ardiendo en la espuma de mi sangre,
porque corres por mis venas y temo detenerte,
porque fluyes y fluyo en ti,
contigo,
en la espera de un tiempo
que no sabe llegar a nosotros
pero que me amarra a tu cintura,
al jardín de tu despedida.
inmóvil por el miedo de tu distancia,
mientras contemplo la inmensidad del mar
golpeando con cada ola el recuerdo de tu espalda,
mientras extraño tu cuerpo
respirándome a plena luz del sol,
enterrado en la arena de una soledad
cansada de extrañarte,
cansada de construirte en recuerdos de miel
que me permiten sobrevivirte
en la lejanía de una tierra
que habla de ti hasta en el silencio.
Permanezco sentada,
inmóvil en el café de tus ojos,
en la dulzura de tus labios que siguen
ardiendo en la espuma de mi sangre,
porque corres por mis venas y temo detenerte,
porque fluyes y fluyo en ti,
contigo,
en la espera de un tiempo
que no sabe llegar a nosotros
pero que me amarra a tu cintura,
al jardín de tu despedida.
martes, 14 de febrero de 2017
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Quisiera estallar un segundo para poder enterrarme en tu torso, hacer un nido y quedarme pegada a ti un segundo más, escuchar los latidos de...
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No es secreto que el año pasado lo sobreviví como pude, a puro instinto. También el año pasado me dio por tejer a modo de terapia de ev...



