Los planes son los enemigos naturales de la vida. Se encargan de hacernos ver sólo un camino cuando en verdad nunca hay una ruta unívoca. Los planes no te permiten vivir en el corazón aquellas sorpresas que la vida lanza como paracaídas, la ciudad me ha enseñado eso. El navegador es nuestro mejor amigo: cuando las distancias se hacen eternas y el destino es desconocido nos indica la mejor ruta, la más rápida, la con menos accidentes. Así, por seguir esos caminos destacados, ignoras las pequeñas callecitas llenas de magia que se encuentran perdidas en esos mapas exactos y calculadas con una minuciosidad que sólo puede tener la red. La vida no se calcula y yo quiero perderme y no encontrarme por un rato, navegar sin rumbo fijo hasta encontrar un puerto que se convierta en mi hogar. Y en esas rutas espero encontrar eventos, caídas, una hora o dos de taco que me permitan ver lo furioso que se pone el cielo cuando el sol empieza a esconderse. Porque el sol se esconde, pero nace la noche y, con ella, el espacio para esconderse por un momento de tanto ruido y encontrar otro tipo de calor. Mis planes, por ahora, son dejar de hacer planes y recibir toda la calidez que la vida quiera darme, fuera de toda red, con la libertad del viento que sopla mis alas: morder la manzana sin temer las consecuencias.
miércoles, 21 de junio de 2017
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