Es de noche y en el edificio de al frente están casi todas las luces apagadas. Trato de concentrarme en mi trabajo pero, de pronto, centro mi atención en una de las pocas luces encendidas cruzando la calle y que da justo frente a mi balcón. Una chica corre libremente de un lado de la habitación hacia el otro y yo pienso "qué hermoso librero tiene". En ese momento, aparece en el cuadro un bello perro blanco, grande, que persigue a la joven y la atrapa. Toca cambio de turno y ahora es la mascota la que corre y su compañera de juegos quien debe atraparle. Los edificios se han tomado la ciudad; sin embargo, a ratos, nos regalan estas pequeñas escenas en las que uno puede sentirse cómplice o espía de la felicidad de otros. Tal vez, tanto mi vecina como yo, deberíamos poner cortinas. O quizás el no tener cortinas es una nueva forma de compartir en esta verticalidad. Al frente se apaga la luz, no supe si ella pudo atrapar a su camarada, pero es la señal que necesitaba para retomar mis deberes. Aquí vamos de nuevo, trabajando en vitrina para que los de al frente puedan imaginarse qué me trae tan ocupada cuando escribo sobre ellos: paradojas de la vida en altura.
lunes, 19 de junio de 2017
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