martes, 27 de junio de 2017

Catarsis.



De pronto es como si todo cayera en su lugar y me abandonara en la misma zona que he habitado por un tiempo que se ha tornado eterno. La soledad a veces se vuelve insostenible, como si fuese la única compañera en mis crepúsculos, o al menos la única verdadera y constante, porque las sábanas se convierten rápidamente en las cadenas que aprietan mi pecho cada noche que permanezco en este compás de espera. Baja la velocidad, cae el pensamiento, llega la angustia y se asienta en mi seno: no quiero más tristezas en el alma. No siento nada y el vacío se apodera de cada segundo de mi día en el letargo infinito de saberme cayendo y no saber en los brazos de quién iré a parar, porque el vientre está al sur del corazón y la mente es siempre mi norte. Se arruina toda brújula y me siento perdida, como si la ruta trazada a fuego se hubiese esfumado dejándome el corazón abierto y un camino que se bifurca. La naturaleza del cambio me obliga a los cuidados intensivos, a la cautela y el recelo, al dilema de saber que no soportaría un nuevo combate, no resistiría un nuevo ataque ni en la piel ni en el edredón cuando la única guerra que busco es la que aguarda en alguna cama de algún extraño en algún lugar que aun desconozco. Entonces pienso: cuando la espera no es opción y mis piernas se aprietan al pensar en cruzar su camino, ¿qué tratan de esconder mis labios en su espalda?.


Llanos de Challe, Enero 2016.

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