domingo, 25 de junio de 2017

De paseantes y peatones.


De a poco, este espacio se ha transformado en una suerte de diario íntimo, de imágenes del día a día que me acompañan en memorias y en palabras. Como seres humanos acumulamos millones de anécdotas sin darnos cuenta porque, a veces, simplemente nos conformamos con la reflexión apresurada que generan en el momento (si es que tenemos esa suerte) y, en muchas otras ocasiones, las dejamos pasar, igual que la vida.

Los últimos once años, contando en ellos un breve intervalo de 12 meses, he vivido en la capital: una ciudad que cada día me parece más insufrible y con la que he aprendido a convivir de la mejor manera posible. Y no es un secreto que oculte, porque la región a uno se le nota, sobretodo cuando hay amor y orgullo por la tierra que te conoce desde el génesis. En mi caso, cada vez que puedo me descargo en contra de este lugar tantas veces hostil y apático. Al mismo tiempo, cada vez que logro ver un poco de luz en sus calles lo escribo como si fuera el bálsamo que necesito usar a diario para no extrañar el desierto y sus mares. La escena diaria de hoy tiene un poco de ambos, como todo lo bueno de la vida: encuentros y desencuentros, amores y desamores, orgasmos y despedidas. 

Siempre he creído que los días fríos son para caminar, porque me encanta el frío y esa sensación de resguardo que trae un buen café (mejor aún si hay una buena charla de por medio). Salí entonces en busca de ese resguardo esta tarde y me encontré con un cielo de algodones, un cielo de invierno. Al verlo paré unos segundos, para retenerlo, para que no se me olvidara. De pronto, mi hombro se mueve involuntariamente hacia el frente: un caminante chocó mi hombro a gran velocidad, a velocidad capitalina. Me mira y pregunta "¿por qué te quedas parada ahí?". Y yo respondo desde la región, desde la honestidad sin filtro: "el cielo está bonito y se lo está perdiendo por andar de santiaguino un domingo a medio día". El desconocido miró al cielo un segundo y siguió su ruta sin hacer más comentarios. Me pareció verlo alejarse a un paso menor, tal vez por el cielo, o por la imprudencia de mi honestidad. Yo seguí caminando hasta llegar al puente para cruzar la avenida, saqué mi cámara, apunté al cielo y seguí mi resguardo. 

Esta es una ciudad donde no es común saludar y despedirse de los desconocidos y donde si es común la pregunta "usted no es de aquí, ¿cierto?". Por esto es casi vital retratar esos cielos, porque te recuerdan que el corazón sí tiene un lugar en el mundo y que, ese mismo corazón, te recuerda quién eres y de dónde vienes: porque el corazón es el que debe marcar tus pasos, sea donde sea que estés.


Puente entre el Parque Araucano y el Parque Juan Pablo II. Junio 2016.

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Jaime: Podría iniciar estos votos tratando de ser elocuente, pero la verdad es que debo iniciar diciendo que no existen palabras para explic...