martes, 22 de agosto de 2017

Tu sabor.


A veces, la melancolía tiene distintos sabores
pero cada uno de ellos tiene un dejo a ti,
a esos ojos claros que cargan aquel enigma
que ya no insisto en descifrar desde las sombras de la razón;
porque decidí sentirte en la lejanía,
en el olvido, en este compás de espera.

Mi piel sigue unida a ti en un acto de resistencia:
eres el puñal que no puedo arrancarme en el exilio,
la herida abierta que sangro por gusto
porque padecerte es la única forma que tengo
para que sigas aquí conmigo,
en esta distancia que construiste en mi camino,

Estás en cada cielo, en cada nube,
en cada sol que aparece y en cada lluvia que me cubre;
porque elegí llevarte conmigo como signo infinito,
muestra eterna del renacer de los latidos
de un alma que agonizaba antes de tu llegada:
reconstruyes todo con tus pasos y tu andar sana
las heridas que antes cargaba como mi cruz.

Contemplo el cenit y respiro en una nueva calma,
en la compañía de esta soledad que lleva tu nombre
y que me recuerda el silencio del último abrazo,
el brote de tus ojos temiendo por el impulso de mis labios
mientras mis manos se ocultaban en tu pelo
y tu cuello guardaba aquél último beso.

A veces, la melancolía tiene distintos sabores,
sabor a sur que se impregna en mi ropa y en mi memoria,
sabor a humo y a hierba que se torna el aire que respiro,
sabor a noches en mi balcón y en tus sábanas,
sabor que en la distancia busca alguna brújula que me conduzca
lejos de tantas dudas y más cerca de tu corazón.



Lago Calafquén, Licanray. Julio de 2017.

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