Hoy, durante la hora de almuerzo, me quedé un rato mirando el patio del fondo del colegio. Ocurrían simultáneamente dos partidos de fútbol, niños echaban carreras en la pista y, a lo lejos, dos niños estaban sentados conversando. Ocasionalmente, surgían bromas de sus compañeros, quienes, además, los llamaban a sumarse al juego (el cual era mixto). El niño, entonces, miró a la niña y permanecieron sentados, en su conversación, en ese pequeño universo paralelo. La postal resultó ser mágica y reveladora. Cuánta honestidad y simpleza hay en los sentimientos cuando no se ensucian con el miedo, cuánta verdad soportan aunque tengan 11 años, aunque estén tan a la vista en el fondo del patio a plena luz del sol. Recordé entonces esa emoción infantil de ir al colegio cuando había alguien que te daba razones para querer levantarte temprano, lo bien que se sentía esa dulzura, ese saludo matutino, ese conversar sobre cualquier cosa mientras la conversación fuera con esa y no con otra persona. Aquí, con varios años de distancia, pienso que es un poco como esta frase de Borges: "La juventud me resulta mucho más cercana ahora que cuando yo era joven. Quizá porque ya no veo la felicidad como algo inalcanzable. Ahora sé que la felicidad puede ocurrir en cualquier momento y que no se debe perseguir". Al final, el crecer nos llena de miedos vacíos y es nuestro deber el dejarlos ir, porque solo así se puede volver a ese lugar, a ese momento en los que fuimos verdaderamente felices sin buscar serlo.
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