domingo, 13 de agosto de 2017

Adios.



Mis pensamientos están contigo, allá lejos donde no puedo tocarte y, aún así, te siento más inaprensible, más inalcanzable que nunca. La distancia venció, noqueó cada intención de permanecer a tu lado, de cuidar tus sueños y sanar tus dolores; la distancia venció porque tú te convertiste en herida y el hilo terminó por romperse, te convertiste en un fantasma, en un extraño entre la multitud a quien no reconozco ni en figura ni en alma, un espectro de lo que fue, recordatorio doliente que alguna vez hubo alguien que se ha esfumado entre quimeras. Te enredas en mi memorias y creces ahí, dentro mío, pero llegó el tiempo del barbecho y del olvido, tiempo de caminar en direcciones opuestas, porque soy este y tú oeste, porque cambiaré de latitud para no cruzar más por tu camino. Las raíces se secan lentamente y contemplo las ruinas antes de la partida, las extraño ahora para no pensarte mañana y permanezco un rato más despierta para cargarte un último instante, para despedirte en esta soledad que ahora me acompaña, porque mis manos se abrigarán solas y las tuyas encontrarán manos semejantes que puedan cuidarlas cuando los miedos queden guardados y el porvenir nos bendiga con la desmemoria. Danzo contigo y navego en días postreros, días donde tu palabra era mi luz y tu calor mi refugio; danzo contigo para soltarte y perderme en la vuelta, desatada de la cuerda y movida por la inercia que vuelve inevitable este adiós.


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