A veces los discursos se entierran en tus labios y contradicen los deseos de tu carne y alma. Se enredan en la conciencia y no te permiten simplemente vivir aquellas brisas que vienen a despejar las tormentas en las que uno habita por la vorágine del día a día. Cuando llega el momento de aceptar que uno quiere el cuento de hadas te tiemblan las manos y las piernas, porque los pasos pueden llevarte a puertos no deseados, a embarques, quiebres, despedidas, heridas, llantos, gritos, desenfreno, serendipias, desdichas, cruces y galimatías. Por la boca muere el pez, dicen algunos, y este pez sólo espera cruzar el río y desembocar en el mar, porque se encuentra cansado de vasos vacíos y suspiros sin destinatario, hastiado de esperas inconclusas, de llamadas perdidas y canciones mal traducidas. Este pez tiene ganas de convertirse en Ícaro y derretir sus alas buscando el sol, el calor de la leña, lo tibio de tu cuerpo y de tu voz... y así voy volando hacia arriba, esperando que la caída sea menos dolorosa que otras veces, esperando surcar las nubes y encontrar el hogar que tanto anhelo.
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