por la adicción de sentir cómo queman mis labios,
sentir tu palpitar entre mis manos,
imaginar tu rostro en las mañanas.
Caigo por la insistencia de pensarte entre volutas de humo
y dibujar la pasión en la mirada perdida
de tus ojos que arden al ver mis labios
(al recorrer mi geografía)
y colocarlos en la dureza de un recuerdo vivo
que me acompaña entre desvelos y gritos de dolor.
Sigo cayendo por tu gravedad - tu tono -
que reverbera en cada rincón de mi cuerpo
con tu descaro o tu indiferencia.
Así te repito como mantra entre el agua,
la espuma y las sábanas
que cuelga de un pensamiento circular:
el disfraz del arrepentimiento, el lugar de la redención.
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