El quietismo me embriaga junto con el silencio,
tiemblo al pensar en que el secreto se rompa,
que caiga la verdad con el peso natural de la culpa
y haga volar los trozos de una demencia temporal.
Tiemblo por oficio, porque entregué mi alma y recibí tu cuerpo
sin poder ver más allá del frío de la lluvia y del calor de tu sexo;
porque vendí mi paz por el suicidio de la discreción
por el vértigo de lo prohibido
por el susurro de tu voz llamando a la cordura
mientras tus manos no abandonan su oscura misión.
Tiemblo porque mis sueños se tornan negras telarañas
que me atrapan en esto del anhelo y la caída de la voluntad;
porque tú y yo somos una tempestad en medio del sueño
y la reacción tarda esperando el llamado a detener el letargo,
a romper la apatía en espera del naufragio mientras perdura tu aroma
y me duermo en el síncope del descaro.
martes, 20 de octubre de 2015
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