Tus minutos se hacen horas en un
recuerdo que llevo tatuado en mi piel,
en los espasmos de mi cuerpo,
en la maldad de tu carne,
de tu verbo,
de tu desenfreno.
La avidez de tenerte entre mis manos
-mis piernas y mis labios-
corrompe la discreción y el tacto se vuelve tangible
en el discreto espacio de la imaginación,
como aquella fotografía imborrable y sus ecos.
Hacia el sur se ha declarado una guerra
que no conoce de medidas,
que no escucha razones,
que solo sabe de arrebatos y de gritos
acallados por el secretismo que envuelve tu misterio.
Así me ahogo en el orgasmo del sigilo,
porque recorrerte es caminar sobre espejos rotos
que se clavan, que guían mis pies nuevamente hacia ti,
porque cuando el erotismo pesa más que la culpa
(y la moral es destronada)
no existe más espacio para la duda.
jueves, 15 de octubre de 2015
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